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¿De verdad nos parecemos a nuestras mascotas?

Estamos acostumbrados a ver a personas que realmente se parecen a su mascota. Un hombre corpulento con un pitbull, una mujer mayor de pelo blanco con caniche o un espigado runner con su galgo. La duda de si esto es casualidad o no tanta casualidad nos ha asaltado a muchos más de una vez. Hace unos años una universidad estadounidense realizó un estudio con diferentes fotografías de dueños y perros sin conexión aparente. 2 de cada 3 fueron correctamente emparejados. ¿Por qué?

La razón más coherente y que los expertos dan más a menudo es casi obvia: Optamos por una mascota en vez de otra porque nos identificamos con ella de alguna manera. El hecho de tener unas características físicas que encajan con nosotros hace que nos resulte más afín. De esta manera, una persona de complexión fuerte se sentirá más reforzada con la compañía de una raza con las mismas carcaterísticas, al igual que otra a la que le gusta ir a la moda, preferirá la compañía de un chihuahua, un perro que puede llevar dentro de su bolso allá donde vaya.

Pero, al igual que en las relacciones entre humanos, hay mucho más allá del físico. Los humanos buscamos la compañía de otras personas que poseen características y rutinas similares a las nuestras en estilo, gustos, aficiones… Lo mismo que sucede con nuestros amigos peludos, llevando el parecido entre el perro y su dueño más allá de lo físico. Las personas atléticas querrán tener una mascota activa con la que compartir caminatas. No van a elegir un bulldog, por ejemplo, al que no le gusta correr. Lo mismo, si son sedentarios, no van a decantarse por un border collie, deportista por naturaleza.

Hay que tener en cuenta que los perros son seres sociales y que aprenden por imitación. Son tremendamente sensibles a nuestras emociones, por lo que si nosotros nos mostramos inquietos, ellos lo detectan y también lo estarán. Se trata de un efecto parecido a lo que asegura el refranero popular: “Dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición”. Por lo tanto, de esta forma, la actitud de un perro también dependerá de la influencia que el dueño ejerza sobre él.


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